
Nacida el 10 de marzo de 1981, el día que cumplía 29 años Brooke se encontraba saliendo de Atlanta cuando sufrió un siniestro grave. Aquel día de 2010 llovía con fuerza en la Autopista 9. Brooke iba a unos 90 km/h cuando, de repente, se le paró el motor del coche, las luces se le atenuaron y se quedó sin fuerza de frenado y sin asistencia en la dirección. El coche pisó una gran acumulación de agua y sobreviró hacia la izquierda. La conductora contravolanteó, pero perdió el control del vehículo.

Beth Melton recibió una llamada del médico que atendía a su hija en el hospital. Brooke tenía el cuello roto y había sufrido graves daños internos. Sus probabilidades de sobrevivir al choque eran muy reducidas. Mientras colgaba el teléfono, Beth se bloqueó en la idea de que no era posible que sucediera aquello en aquel día. Era el día en el que Brooke cumplía 29 años. Cuando Beth y su marido Ken llegaron al hospital, su hija Brooke había fallecido.

Sabedor de que su hija nunca habría cometido una imprudencia, y conocedor de los problemas que le había dado el Cobalt comprado cinco años atrás, Ken Melton prometió a su hija que vengaría su muerte. Así lo recoge un extenso y muy elaborado reportaje del periodista Adam L. Penenberg que habla de personas; víctimas que con la ayuda de un abogado, un mecánico y un ingeniero destaparon un verdadero caos industrial que lleva el camino de convertirse en uno de los mayores escándalos de los últimos tiempos en el sector Automoción en Estados Unidos.
Lance Cooper, el abogado
Diez meses después de que Brooke Melton falleciera, la aseguradora se puso en contacto con sus padres. El seguro del vehículo contrario podría demandarles, por lo que era mejor que se buscaran a un abogado. Y los padres de Brooke contrataron a Lance Cooper, un abogado con experiencia litigando contra un gigante como Ford, a raíz de la tendencia que tenían los SUV Ford Bronco II a volcar sin que la marca del óvalo hiciera llamada a revisión alguna por sus problemas de estabilidad.

Otra de sus conclusiones tenía que ver con la manera en que se llevan a cabo los juicios de este tipo en Estados Unidos, con jurados proclives a emitir veredictos que impliquen depuración de responsabilidades en las prácticas empresariales que en los organismos públicos de control. Y por otra parte, considerando que en Estados Unidos hay un dicho según el cual todo el mundo odia a los abogados excepto al suyo propio, y que Cooper sólo cobraría si ganaba el caso, la misión de Cooper se encaró fundamentalmente a ganar el caso de Melton.
Y la forma de hacerlo era averiguar por qué chocó el coche de Brooke Melton. Así lo debió de considerar cuando leyó la lista de incidencias anotada por la fallecida días antes de morir.
Charlie Miller, el mecánico

En 1969 fue consultado como experto cuando un Ford Bronco de su equipo fue a chocar contra una zanja y se incendió, ocasionando quemaduras en las piernas a uno de sus compañeros. Un experto analizó el sistema de alimentación y concluyó que el carburador se desbordó y la válvula de descarga se atascó, lo que causó un derrame de gasolina que acabó en un incendio.
Cuando el abogado que llevaba el caso le preguntó su opinión sobre lo sucedido con ánimo de demandar a Ford, Miller explicó que según su parecer había un error de diseño por parte de Ford, ya que el depósito de carburante quedaba expuesto a golpes y se podía rajar con facilidad en caso de colisión. Aquel depósito, situado bajo el asiento del conductor, podía incendiarse y causar daños en las piernas al conductor.

Aparte de fotografiarlo por múltiples ángulos, Miller le pasó la diagnosis al coche para ver qué podía haber fallado. Estuvo de suerte. Tanto el cableado del Cobalt como las UCE del motor, los elevalunas, los cierres, el desempañador y la calefacción funcionaban. También el ABS estaba en perfecto estado. Y los airbags frontales, que no se desplegaron porque el coche fue embestido por el lateral. El coche carecía de airbags laterales, de manera que no había nada que hacer ahí.
El único módulo al que no pudo llegar Miller fue el de la dirección asistida. Sin embargo, sus fuentes de alimentación funcionaban y el módulo recibía tensión. A pesar de lo que sugería una llamada a revisión de General Motors, el sistema de dirección parecía estar bien. ¿Qué podía haber ocurrido? Charlie Miller echó un vistazo a la nota que había dejado Brooke Melton. Sus ojos se fijaron en dos puntos.

Miller revisó una vez más los datos registrados en el coche 5, 4, 3, 2 y 1 segundos antes de chocar. Le llamó la atención la caída de vueltas del motor mientras el coche se mantenía a una velocidad de 58 mph, pero aún le llamó más la atención la repentina caída cuando faltaban 3 segundos para el choque. Un motor en funcionamiento, se dijo a sí mismo, no baja de 1.984 rpm a 0 en un solo segundo. Era imposible, para Miller. La respuesta tenía que estar en un error de alimentación que afectase al mismo registro de datos del motor.

De vuelta a Mississippi, Charlie Miller se hizo con una columna de dirección de un Chevrolet Cobalt de 2005 que encontró en un desguace, desmontó el cláusor y comprobó que, como en el coche de Brooke Melton, era demasiado fácil girar la llave. Encargó un repuesto en su distribuidor local y cuando le llegó el paquete de General Motors probó a girar la llave del componente nuevo. Aquella llave giraba con mayor dificultad.

Charlie Miller comprendió que con las herramientas que tenía en su taller había llegado hasta donde podía. Llegó a explorar el sistema de arranque del coche de Brooke Melton con rayos X, pero ni siquiera eso le ofreció una pista de lo que ocurría allí. Lo siguiente ya era diseccionar el componente y analizar todas sus piezas internas. Pero para eso sería necesaria otra persona. O un equipo de ellas.
Mark Hood, el ingeniero
McSwain Engineering of Pensacola es una empresa que se encarga de buscar y encontrar porqués. Allí trabajan 40 personas expertas en análisis de errores sobre la base de siniestros de aviones, helicópteros, coches, camiones. Y entre ellos, Mark Hood, un ingeniero especializado en resistencia de los materiales con experiencia tanto en análisis de errores en Aeronáutica como en el campo de pruebas para Automoción.

Mark Hood se incorporó al caso en octubre de 2012, dos años y medio después de que falleciera Brooke Melton. Charlie Miller tenía varias cosas para él: tres sistemas de arranque que diferían sólo en el comportamiento, y el registro de una base de datos de uso interno entre mecánicos donde se anotan informaciones útiles para las reparaciones, catálogos de componentes, herramientas de valoración de las reparaciones.

El boletín dejaba claro que el problema estaba detectado. Se advertía a los conductores sobre un “giro inadvertido del arranque por baja fuerza/esfuerzo de la llave”. Incluso se llamaba la atención expresamente a aquellos conductores que tuvieran “llaveros grandes o pesados” y a los conductores “bajos de estatura”, cuyas “rodillas pudieran tocar la llave mientras el coche estuviera girando si el coche tuviera la columna de la dirección ajustada en la posición inferior”, ya que esos conductores tienden a “llevar el asiento más cerca de la columna de dirección”.

Con la ayuda de Mark Hood y con las herramientas disponibles en McSwain se corroboraron las sospechas de Miller. Mark Hood compró 17 sistemas de arranque: 3 de 2005, 2 de 2006, 2 de 2007, 2 de 2008, y 8 de 2009 en adelante. Los 20 arranques evaluados evidenciaron lo mismo: era necesario el doble de esfuerzo para girar la llave en un componente moderno, de 2009 en adelante, que en uno de los que circulaban instalados de serie en los coches.

A la práctica, General Motors había cambiado los bombines defectuosos sin contárselo a nadie, dejando que los coches circularan con sistemas que podían fallar y pidiendo que la gente cambiase de llavero o que vigilaran sus rodillas. Alguien había tomado esa decisión y ahora el abogado Lance Cooper debía dar forma a toda esa información para presentarla en un tribunal.
Raymond DeGiorgio, “harto del puto arranque”
Cuando Lance Cooper comenzó a preguntar en General Motors, encontró todo tipo de respuestas, salvo la única que esperaba. Nadie asumió que el problema fuera verdaderamente grave, que en 2013 ya eran entre 26 y 74 las víctimas mortales de lo que a todas luces se podía calificar de negligencia y que la firma automovilística era responsable última de aquellos hechos.

De hecho, investigando Lance Cooper pudo determinar el origen del
cambio de los muelles y todo lo demás. Con las pruebas en la mano, Raymond
DeGiorgio aparecía como la persona que estuvo detrás. Corría el año 1999 cuando
DeGiorgio comenzó su trabajo en el desarrollo del sistema de arranque, y no lo
tuvo nada fácil. El prototipo tenía tantos fallos que su sistema eléctrico tuvo
que ser rediseñado de arriba a abajo.

DeGiorgio firmó su comunicado oficial dirigido a Delphi de una forma un tanto peculiar: “Ray (harto del puto arranque) DeGiorgio”.
Gary Altman y David Friedman: cuando un problema en el arranque no es un asunto de seguridad
Sin embargo, DeGiorgio no fue la única persona que decidió no hacer nada. Ya en la presentación de los primeros modelos que montaron el arranque defectuoso de DeGiorgio, los empleados de General Motors, la prensa del sector e incluso los mismos clientes de la marca descubrieron que la llave de contacto giraba con sólo empujarla con la rodilla o cuando se circulaba con los coches por terreno irregular. Incluso una crónica firmada por un probador de coches del New York Times explicaba en 2005 el terror de su mujer al conducir el Chevrolet Cobalt.

Su autor, Gary Heller, decía que había sufrido 4 paradas repentinas del motor en una semana durante una prueba del vehículo, siendo algo anormal y que nunca le había ocurrido antes. Pese a estas críticas, nadie hizo nada en General Motors en parte porque otro ingeniero, Gary Altman, declaró que los coches podían igualmente guiarse hacia el lado de la carretera.

DeGiorgio tenía otro problema con el “puto arranque”. Desde el principio del proyecto, desde que era un prototipo fallido, el sistema dio problemas de arranque en frío. Simplemente no funcionaba. Y ahora, con la producción en marcha, DeGiorgio entendió que si se cambiaban las piezas que fallaban quizás podría matar dos pájaros de un tiro: el arranque en frío y la llave que casi giraba loca en el cláusor. De ahí que no hiciera demasiado caso a los problemas detectados. Al fin y al cabo, pronto llegaría el nuevo diseño y terminarían las quejas.

¿Y el resto de General Motors? Es una buena pregunta. Lance Cooper asegura que al Departamento Legal del gigante automovilístico el caso Melton le pilló a contrapié. Cuenta que la primera vez que General Motors tuvo conocimiento de la sustitución no declarada de los bombines defectuosos, que se produjo en 2008, fue cuando él mismo les envió las pruebas. Eso ocurrió en abril de 2013.

Y también en 2013 los abogados de General Motors llegaron a un acuerdo con los padres de Brooke Melton, pero ahora ellos luchan por reabrir el caso. Argumentan que si DeGiorgio no hubiera mentido ellos no habrían aceptado el acuerdo con General Motors. En abril de 2016 tienen una nueva cita con los tribunales. Y es que, lejos de cerrarse una herida abierta en casa de los Melton el 10 de marzo de 2010, el escándalo de los bombines sigue muy abierto en Estados Unidos. De hecho, no se descarta que Raymond DeGiorgio y Gary Altman, que fueron despedidos de General Motors al descubrirse el pastel, acaben siendo acusados por lo penal.

Al cabo de cinco meses de aquella decisión Brooke Melton compró su flamante Chevrolet Cobalt, y poco tiempo después sucedió lo que acaban de leer.
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